Otros contagios

Karen Glavic
5 min readMay 1, 2020

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En un ejercicio de futurología, varios textos que circulan sobre el impacto del Covid-19 se aventuran a pensar que sucederá con el capitalismo, qué deparará esta crisis. Algunos asumen posiciones, otros sugieren preguntas. Conjeturan si acaso se abre la posibilidad para menos neoliberalismo y más Estado, si hay carne para los “populismos de derecha” o para la hegemonía china. Piensan quién rescatará la economía después de la crisis, si el crack ya había comenzado.

Lo cierto es que el virus nos ha puesto ante una situación grave, compleja, inesperada, desgarradora. Las imágenes que llegan desde Ecuador, de cuerpos en la calle cubiertos de cal, de cientos de muertos sin protocolo alguno de separación de los aún vivos en los hospitales, recuerdan que, si bien, Europa ha sido azotada e Italia nos impacta, el virus y su crudeza pegan con fuerza y a su propia manera en Latinoamérica. Por eso es que pareciera necesario pensar en clave local. No es que no sea necesario volver una y otra vez sobre la idea de estado de excepción, el biocontrol o las políticas de carácter inmunitario. Pero sí, además, sobre esta pandemia en cruce con los últimos meses en Chile, en el Sur.

Chile ha estado movilizado y, en cierto modo, el 18 de octubre también fue inesperado, tan inesperado como el Covid-19 y sus efectos mundiales. No es que no sepamos que un virus pueda enfermarnos o la movilización social ocurrir, pero quién hubiera imaginado hace un año que la noche del 18 de octubre la red de metro tendría estaciones en llamas, quién hubiera imaginado que hoy un tercio del mundo estaría en cuarentena, en casa, sobrepasado y ansioso, sumido en el teletrabajo, en una emergencia sanitaria y en una crisis de los cuidados. Así como el 18 de octubre no había nada trazado, hoy tampoco sabemos bien que pasará con el mundo, con Chile y con la continuidad de la revuelta. Las primeras lecturas, por cierto, apuntaron a la desconfianza: una nueva forma de abrirse paso de las políticas securitarias, ahora con la excusa del contagio del virus. Y sí, rápidamente se decretó un toque de queda nocturno e inútil para controlar la propagación del coronavirus, se limpiaron las calles de consignas y se intentó sanitizar la Plaza de la Dignidad. Aquello pareció una estocada, pero no solo la plaza volvió a aparecer rayada con una declaración de “volveremos”, sino que la propia enfermedad demandó poner la mirada, las reflexiones y nuestras alianzas en dirección del cuidado mutuo. Nos cuidamos entre nosotr*s porque el Estado no lo hace, porque el neoliberalismo chileno actúa como siempre, precarizando, banalizando, armando guetos en la ciudad que separan las vidas que merecen ser cuidadas y las que deben seguir produciendo. La cuarentena decretada en las comunas más pudientes de Santiago habla de quienes pueden darse el lujo de permanecer en casa. “Los ricos trajeron el virus y los pobres ponemos los muertos”, dice un grafitti que circula en las redes. Y así ha sido hasta ahora.

El virus actúa a imagen y semejanza de las formas de gestión biopolítica y necropolítica que ya actuaban sobre el territorio, plantea Paul B. Preciado en una columna publicada hace pocos días en el diario El País, que lleva por título “Aprendiendo del virus”. Es interesante que allí, sin desestimar la importancia de atender los mecanismos de control, ponga énfasis en la posibilidad que esta crisis abre para pensar la comunidad y, nuevamente, en las vidas que serán sacrificadas y las que serán salvadas. Es posible anticipar o constatar con lo que hemos alcanzado a ver en Chile: que los pobres han puesto el cuerpo. Los ancianos del hogar de Puente Alto, los muertos en hospitales públicos, los que siguen transitando en el transporte público o vendiendo en la feria, no por la indolencia del que hace una fiesta en Vitacura, sino que porque sin medidas económicas para l*s trabajador*s precarizad*s, generar ingresos es la única vía que queda. Difícilmente, tras el estallido de octubre, y con los años de precariedad neoliberal acumulada pueda haber marcha atrás en lo que se ha incubado políticamente en Chile. Más bien pareciera que este escenario nos pone ante la situación de hacer frente a un inexorable: la enfermedad y su contagio, ese piso común de vulnerabilidad que Judith Butler acentúa. Iguales en esa vulnerabilidad y profundamente desiguales en la forma en que se administra la salud, los cuidados, las medidas económicas y las formas de afrontar la crisis.

Desde octubre en Chile la lucha contra el neoliberalismo consistió en poner el cuerpo en la calle. Y claro que esto es una embestida contra ese espacio ganado. Pero toda estrategia no puede estar del lado de la seguridad de la presencia en la protesta, sino que también en la capacidad de responder ante la necesidad de resguardarse, de cuidarse mutuamente y de resistir a la forma en que el Estado subsidiario chileno se seguirá comportando.

El 8 de marzo millones de mujeres salimos a la calle, esa fue la última demostración de fuerza y convocatoria masiva que se arrastra de años de movimiento feminista y también desde la revuelta. Una semana después empezamos paulatinamente a cerrar las puertas de nuestras casas para resguardarnos y también agobiarnos con la demanda del teletrabajo, la obligación de las que no pueden quedarse en casa, el cuidado de l*s hij*s, la amenaza de la violencia de género y la angustia de la falta de ingresos y la cesantía. Todo nuevamente fue rápido, inesperado, la vorágine de octubre y la ansiedad sobre el futuro reaparecieron, o quizás solo se abrieron paso de otra manera. Cuesta pensar que hay algo trazado, a pesar de los esfuerzos por la futurología. Lo que sí parece necesario es hacer de este tiempo el espacio para otras formas de contagio, para reorganizar y quizás para pensar aquello que el cuerpo insistente en la calle no permitía, para enlazarse de otras maneras. La hiperconectividad no puede ser la única forma y en eso Preciado también pone un punto interesante: hagamos del blackout una manera de resistir. Si para él se trataba de hacer fuerza contra la televigilancia y el agobio del trabajo, para nosotr*s debería ser resistirnos a la brecha digital que genera diferencias de acceso, a la brutalidad de construir un gueto teleconectado y el que sigue viajando en el transporte público. Nuestra (des)conexión está en las listas que ya circulan para acompañar a los mayores de forma voluntaria, para hacer fondos comunes de dinero, con números de emergencia y resguardo contra la violencia doméstica, o entre aquellas que sacaron la máquina de coser para hacer las mascarillas que el Estado no entrega en los hospitales. Las redes feministas se han encendido porque ya existían, porque acumulaban formas de pensar y proponer otras formas de vida. Está todo en marcha y todo por verse. Vamos por esos otros contagios, por los contagios feministas.

Santiago-Chile, 2 de abril de 2020

*Originarlmente publicado en Antígona Feminista de Alejandra Castillo

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Written by Karen Glavic

filosofía, crítica y feminismo

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