Presentación: La universidad sin atributos

autor: raúl rodríguez freire, Santiago de Chile, ediciones Macul, 2020.

Karen Glavic
7 min readNov 21, 2020

«Los atributos de la universidad han sido subsumidos bajo la lógica equivalencial del capital y la publicidad que diluye cualquier singularidad bajo una cifra, operando con criterios, si no completa, por lo menos mayormente alejados del saber» (p.24). Así describe al inicio, entre muchas otras posibilidades, el título que raúl rodríguez freire ha entregado, o tal vez ha encontrado (par)a este volumen. Varios ensayos se concentran en pensar la universidad, no solo la actual, también la moderna y su crisis. En ello aprovecha de remarcar que es necesario evitar el “narcisismo de actualidad” y que, si bien, cada tiempo tiene sus particularidades hemos de evadir quedar fijados en el presente si queremos vislumbrar posibilidades de transformación.

Cada ensayo del libro, cada capítulo, termina con un fragmento de El Hombre sin atributos de Robert Musil, allí se trenzan sus apartados, pero en cierto lugar, allí mismo son señalados y mostrados en su particularidad. El ejercicio tiene una singular belleza: no solo se trata de que la literatura tenga un lugar (objetivo central del libro, por lo demás), sino que se trata de dejarla hablar, de permitirnos imaginar, porque es la imaginación -y no otra cosa- aquello que nos permitirá pensar formas de vida alternativa que devuelvan a la universidad, los intelectuales y a las humanidades un lugar que no coincida tan solo con la vanidad, la autopromoción, la prisa y las exigencias del mercado.

¿Para quién escribimos?, se pregunta rodríguez freire en el título de uno de los ensayos aquí reunidos. ¿Para quién y cómo escribimos? «Escribimos para uno mismo, por uno mismo, pues es nuestro ego el que primero aflora en el juego de las vanidades académicas y no académicas y por ello no podemos permitirle que nos domine» (p.45). La pregunta me resulta inquietante y también su respuesta. No creo que sea la única respuesta que el libro quiere dar, pero inquieta que efectivamente escribamos para nosotros mismos. De eso se trata hoy la exigencia escritural de la universidad neoliberal, la producción académica –y no necesariamente intelectual, salvemos esa distinción– a la que obligan los sistemas de acreditación. Voy a detenerme en el para quién rodeando algunas ideas que el autor propone, y otras que me gustaría acompañaran y se trenzaran también en esta reflexión.

«Los intelectuales siempre creen que se merecen algo más». La mano, los dedos de rodríguez freire no son complacientes. «Reducidos a la condición de mascotas, los intelectuales revolucionarios de hoy dejaron de ser soñadores que piensan, pensadores que sueñan. Dicen pío pío, guau guau, miau miau, porque ya son incapaces de imaginar algo más que la fama que anhelan y que los carcome» (p.22). Le agradezco que haya dicho mascotas y no animales, hay por cierto allí una sutileza, sobre todo para quienes nos sentamos a diario a leer entre gatos, o para todos al final, pues esta reflexión sabe que para imaginar cualquier futuro posible, es necesario un mundo vivible. Pero es cierto: fama, vanidad, narcisismo, reconocimientos efímeros, likes en redes sociales, alguna foto con un filtro que adorna, o con libros sin leer puestos allí al azar, una pelea poco importante (y por suerte rápidamente olvidable) por Facebook o Twitter. Es difícil no verme, no vernos allí y eso hace de esta lectura un tránsito a ratos, sin anestesia. ¿Para quién escribo?, me pregunto yo ahora.

En Chile, nos previene el autor, la emergencia de la universidad se dio en paralelo al debate sobre el latín, esa lengua que servía para la erudición y no para la ciencia, o eso afirmaban los primeros “técnicos del pensar”. Hacia 1845 también existían los incentivos pecuniarios para paliar los bajos ingresos de los profesores, en la medida en que publicaran o tradujeran textos para utilizar en clase. Un incentivo, esos que hoy también logran amortiguar la estructura managerial de la práctica académica. No se trata de actualidad, ya lo decíamos. La precarización, la prisa, el paper como forma de escritura, los profesores taxis, comparten células de la era geológica anterior. Prisa, rendimiento y productividad se traducen en agotamiento, en vivir constantemente demandados para mantenerse “dentro” de la academia, aun cuando ese dentro sea más bien una aspiración o un trabajo por horas. Escribir para otros y, sobre todo, creo, con otros es un doble desafío. Y en esto no pienso simplemente en llenar de más autores el renglón que sigue al título del paper. Pensar con otros, con otras, con otres, con esos que se «desean transformar el mundo» (p.46), aquellos a quienes les confiamos la inseguridad de lo que escribimos, plantea el autor, y donde solo el ensayo y su forma son la forma para la falta de garantías de todo pensamiento. Agregaría yo, que ese con otres puede modularse en los límites de la universidad, en los extramuros, esa palabra que Nelly Richard ha repetido al reflexionar sobre este y otros espacios que necesiten del ejercicio de la crítica.

La crítica no ha logrado armar comunidades discursivas de debate ni proponer una ética de la discusión, plantea el autor siguiendo a Derrida. No se ha vuelto tampoco un colectivo beligerante y ha seguido el derrotero que el neoliberalismo le ha marcado: la fragmentación radical (p.43). Hay poco espacio para el debate o el disenso, o las diferencias políticas se traducen algo tanáticamente en envidias y competencias, que no asumen la necesidad de debatir las diferencias. Es cierto que la subjetivación neoliberal nos entrampa, que la falta de tiempo, espacios y la competencia por pocos y precarios espacios nos van reduciendo a una sensación de insatisfacción y no-reconocimiento que socava la posibilidad del lazo, de construir colectivos. Pero es cierto también que hemos abierto espacios para la imaginación, para hacer estallar nuestro lugar de sujetos precarizados y juntarnos con otros sujetos precarizados en la calle, en la asamblea. La universidad y la filosofía conservan todavía un aura, sugiere uno de los pasajes del libro, un aura que a veces nos hace ser vistos como personas ricas y poderosas por producir tanto. La sorpresa suele ser mayúscula y expresa algo de cinismo también, cuando recordamos la poca gloria de la universidad actual y la escueta cifra de nuestros honorarios. Quizás para ser esas comunidades críticas y beligerantes (o no), es necesario que asumamos que a nosotros también nos deben una vida –como decía un rayado que vi cerca del barrio de las universidades acá en Ñuñoa–, y que escribir para otros y con otros es dejar de reproducir el modo de hacer teoría en que los afectos quedan suspendidos, en que el cuerpo situado queda suspendido.

Sara Ahmed en Vivir una vida feminista propone una forma de pensar la teoría feminista que la saque de los supuestos lugares exclusivos en donde se produce teoría. Que lleve la teoría a casa, pero la casa es un entramado más complejo que simplemente comprender la casa como sinónimo de “lo privado”. Su objeto no es la universidad, aunque sí lo es su experiencia en ella, pero eso no es lo más importante, al menos aquí. Ahmed propone derechamente que no debiéramos hacer teoría feminista sin ser feministas, y de otro lado también, que vivir una vida feminista es llevar la teoría a la propia vida. Dicen que el feminismo es exigente en términos éticos, vitales, y es cierto. Seguramente habrá quienes dirán que para escribir un paper sobre feminismo no es necesario ser feminista, o que son un poco feministas, o que lo importante es lo que allí dice. Pero la pregunta de fondo que esta invitación supone es: «¿cómo desmantelamos el mundo que se ha construido para acomodar solo a algunos cuerpos?» (p.30), y por supuesto allí piensa en el machismo como uno de esos sistemas de comodidad. Como sabemos, es posible ser un sujeto precarizado y explotar algún sistema de comodidad, por lo que la pregunta podría dirigirse en dirección de interrogar “nuestra aura” de académicos, y el narcisismo que sugiere esa sensación de creer que nos deben, pero no una vida como a los cuerpos de la revuelta, sino que nos deben reconocimiento, status y un puesto asegurado en la universidad.

Ahmed describe el trabajo académico como una política de citas. Una política de citas que es restrictiva, masculina, heterocentrada, en donde el hombre blanco es una institución. Cuando leí La universidad sin atributos rápidamente pensé en esta definición de la política de citas, en tanto supone una crítica a la validación o a la rigurosidad académica que presumen, pero también porque me parece un modo sugerente de pensar el trabajo académico. La política de la cita en Ahmed no se trata de perder el detallado quehacer que el trabajo intelectual supone, se trata de hacer de ellas el reconocimiento de una deuda con otras que nos precedieron, que nos dieron los materiales para construir y reflexionar alianzas e ideas feministas. Los textos puede ser una compañía en el mismo modo en que para Haraway las especies son una compañía, un texto de compañía es ese al que vuelves siempre, el que te mostró una mirada reveladora sobre el mundo, el que te dijo que eras feminista. Un texto de compañía está escrito para otres, porque está escrito con otres, ya que reconozco en el cuerpo de la escritura que me acompaña un hilo sin el cual no podría escribir lo que ahora escribo. Es cierto que puede ser esta una propuesta exigente, pero creo que debemos imaginar formas de vida alternativas y posibles, que impliquen resistir y considerar las fisuras del capital, como propone raúl rodríguez freire en su libro. Para mí esto me lo ha dado el feminismo.

Una política de citas es escoger un corpus de autores. Es también ajustar tu texto para que hablen allí cuerpos silenciados, y que hablen no es necesariamente “hacerlos hablar”. Pueden ser textos de filosofía, literatura, puede ser el cine. Una política de citas es una posibilidad, entre otras, para recomponer la crítica. Puede ser preferir el ensayo y las revistas y las editoriales independientes, es una posición a contrapelo, una resistencia. Puede ser abrir bien grandes los ojos como el niño raúl rodríguez freire que miraba los carteles “gigantescos” y ensayaba combinaciones de palabras, tomado de la mano de su abuela o su mamá, pues así aprendía a leer y también imaginaba palabras, sonidos e imágenes. Detengámonos en esa mano, pensemos qué escribe y con quienes, qué sostiene y qué modela. Las manos son relevantes para la ficción, propone La universidad sin atributos, y allí radica una de sus declaraciones: sin literatura no hay porvenir para la especie humana. Agrego o pienso: el hilo del cuerpo en la escritura es también, por cierto, dedos, manos.

*Este texto fue leído el 15 de octubre en el lanzamiento de «La universidad sin atributos» de raúl rodríguez freire. La presentación completa puede verse acá: https://www.facebook.com/105075784585029/videos/355502722336910

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Written by Karen Glavic

filosofía, crítica y feminismo

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